sábado, 31 de enero de 2009

Oda al whiskie

Fueron 20 años de fidelidad absoluta a la birra, en los cuales me tomé ingentes cantidades de silos de cebada y lúpulo, hasta llegar al dudoso honor de pesar 200 libras y pico. En una foto que me tomaron en mayo del 07, aparece un mae que se parece como a mí pero relleno de espuma de cerveza, un michelín malhumorado que no sabe cómo llegó a tan mal puerto.

Es terrible cuando estás en esa condición enchanchichante, y caminás por la calle y te topás algún conocido que en lugar de decirte: hola, ¿cómo estás?, te espeta un: mae, estás gordísimo, y tu autoestima en jirones, y odiás verte reflejado en los escaparates de las tiendas y la ropa ajustada de moda atenta contra vos, y te estampan XL en la frente, y el solo hecho de ponerte las medias es una odisea. Había que hacer algo.

Me fui donde una nutricionista, una muchacha encantadora que de seguro mientras yo bailaba al ritmo de Donna Summer en Leonardo’s ella estaba apenas naciendo. Le conté mis cuitas sin quitarle la vista a una especie de grumo amarillento que se movía con cualquier acción del escritorio, ella muy diligente me dijo que esa enorme pelota de hule, era equivalente al graserío que tenía en la panza y eso era lo que íbamos a eliminar. Cero cervezas, cero harinas, cero azúcar, cero vida sedentaria, un plan nutricional y 30 minutos de ejercicio diarios. Pero con la lágrima a flor de ojo, yo le dije que me podía quitar la cerveza pero..., pero el alcohol en general, era imposible, no se patea a un animal herido señora y ella resplandeció y me dijo que aunque un trago de whiskie equivalía a una taza de harina (eso fue un golpe bajo), era mejor que me pasara de bando y caminara con Johnie de ahora en adelante.

Los primeros intentos fueron terribles, claro, acostumbrado a echarme los vasos de cerveza a cor cor y las promociones, happy hours, baldes y cuanta cosa hay, pues al principio me tomaba los wiskies de esa manera y terminaba como cucaracha en microondas a la primera hora. Hasta que le fui agarrando el toque, si estaba en una reunión de postín donde sería muy mal visto que, tambaleante, me sacara los mocos con la cortina de terciopelo, los tragos límite eran tres, espaciaditos e intercalándolos con sodas con limón, me funcionó a la perfección y ya no me volvieron a echar de los mejores barrios.

Se fueron las gomas infernales, las borracheras con los horribles blancazos y ya no recibí más llamadas de mis amigos con el terrorífico: ¿te acordás lo que hiciste anoche? Ahora se entiende como los ingleses formaron un imperio, los lores se tomaban unos traguitos relajantes y los nazis no pudieron ni con todas sus bombas quebrantarles el espíritu.

Después de tres meses de comer bien, ejercicio y los nuevos copetines, rebajé casi 15 kilos, mi vida dio una vuelta completa, me miraba al espejo con asombro y los pantalones de hacía 10 años de pronto entraban como guantes y regalaba mi ropa de gordo a diestra y siniestra.

Me acompaña como un lei motiv, el sonidito de los hielos en el vaso corto, con mi nuevo trago, que causa espanto entre los conocedores, porque lo tomo muy diluido, con bastante agua y lo rindo mucho, pero bueno cada cual mata las pulgas a su manera.

Y muy importante, éste no es un publireportaje dedicado a alguna marca de licor, ¡es un testimonio!

1 comentario:

  1. :-D compañerooooo, yo también tomo whisky, intercalado con soda con limón... al final te acostumbras y te lo pasás bien. :-)

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