Vino a escupirme la vida que tiene y que le sobra, hasta tuvo la desfachatez de decirme que la muerte es algo natural y que todos debemos pasar por ella, no lo soporto, él que vive con el feliz fantasma de no saber cuando y que eso justamente le da una dosis de miserable inmortalidad. He decidido decirle a Ana que no recibiré más visitas, ella lo ha comprendido sin preguntarme nada, solo ha asentido con la cabeza, me ama y me da el consuelo de dejarme solo en este cuarto, que va a ser mi cabo Cañaveral hacia lo desconocido, hacia la nada.
Ya no hay esperanza y creo que lo agradezco, ya no hay nada que pueda salvarme y los minutos que transcurren me llevan hacia ahí suavemente.
Desde ahora soy solo yo, ni Ana ni mis dos hijas, ni mis parientes, siquiera mis padres los que me van acompañar a este viaje, estoy aterrorizado, pero con la certeza que tenés cuando algo es inevitable, las cosas mismas de la vida, comer para vivir, sexo para reproducirse, respirar para hablar, cagar para dar paso a los nuevos desperdicios, es cierto voy a morir en estos días, es natural, miles de millones de personas como yo ya pasaron por esto antes, pero mi caso es único y especial, porque soy yo, yo, yo, yo, quién lo ha de experimentar por única y primera vez, un documento original del cual no quedará huella.
¿Dónde estaré después?, ¿dónde estaré?
Tengo una extraña sensación, como si todos los vivos jugaran una ronda divertida, triste y cotidiana y que de pronto han decidido sacarme del juego y yo haciendo pucheros les pido que me dejen seguir jugando y no les da la gana meterme de nuevo. Y me hago un ovillo de amargura, y pienso, todos ustedes tendrán su momento y yo ya estaré excento del miedo.
El teléfono suena y oigo a Ana contestar, habla bajito, como es la rutina en esta casa desde que se sabe que soy un enfermo terminal, las niñas juegan en susurros y hasta el ruido de la calle me llega detrás de espesos cortinajes, tengo que admitirlo: no he muerto todavía, pero, ya no pertenezco al mundo. Ana se disculpa con todos mis amigos, los que desean venir a verme, yo sé que me quieren y sienten dolor porque ya no los alegraré con mis ocurrencias y mi ahora impráctico amor a la vida, ellos vendrán con algún regalo, con olor a calle, a comida, a sudor limpio, y no podrán evitar en su mirada el morbo que les causa y la insufrible ventaja que está escrita en sus frentes: vos vas a morir, y yo no. No es culpa de ellos, pero simplemente me causa náuseas verlos y me entorpecen el proceso que te da la naturaleza, su única dádiva: la agonía, para prepararte al cese de funciones, a la catapulta que te lanza a la tierra y te disuelve en minerales y agua, con la misma efectividad del tiempo. Ana les dice que estoy muy cansado que aquí y que allá. Mi compañera de casi 15 años, que a veces llora bajito detrás de la puerta antes de entrar, para aparecer con una sonrisa valiente, y los dos actuamos que estamos tranquilos y le ponemos rutina a este hecho extraordinario que nada tiene de extraordinario. Me habla de nuestras hijas, sus travesuras, del microondas que de nuevo falla, de que las cosas están en orden, que nada faltará, pues los dos fuimos precavidos, del seguro de vida, los ahorros, el préstamo de la casa (que ya fue cancelado), la universidad de las niñas, todos estos temas mezclados sin orden ni concierto, para que no darle importancia a ninguno en especial, yo parto y ella se queda, antes me dolía demasiado dejarla sola, ahora, no me importa, yo merezco el egoísmo de mi propia muerte. Lo siento Ana, ahora vas por tu cuenta..
Desperté empapado en sudor, soñé el mismo sueño de casi todas las noches, o pesadilla, no, era un sueño y en él moría, me despierto sofocándome, porque hasta ahí llega mi conocimiento, ni siquiera el instinto que es una herramienta tan útil para la vida, esta vez, no me tiene ninguna reacción sabia, muero y no puedo siquiera soñar que sigue, si tuviera la total certeza de la no existencia, un fin definitivo, qué alivio sería, pero la maraña confusa de tantos años de religión, de un Dios bueno que más se parece a un Santa Claus perverso, ésta sucesión de infierno, paraíso o purgatorio, de que seguiré siendo yo mismo después de la muerte, pero juzgado, y que sentiré dolor del fuego, arrepentimiento, culpa, horror, miedo, o un premio que ni siquiera sé si me va a gustar: ser bueno por toda la eternidad, me da risa, porque la sola idea me aburre mortalmente. Usé la palabra mortalmente, la usé.
Paso las tardes revisando mi cuerpo, he enflaquecido hasta casi los huesos, estoy medicado para soportar el dolor, pero no quiero sentirme atontado y resisto lo más que puedo. Me reviso mis manos, las veo, las estudio con tanto esmero que se separan de mí, las huelo, me tocan la cara, siento su tibieza, están, y luego no estarán, las junto y hago que se apreten fuertemente hasta hacerme daño, entre ellas estoy yo pero no pueden ocultarme, no pueden defenderme.
Y mis recuerdos, lo que solo sé yo, tanta experiencia, el estudio, lo que aprendí en el transcurso de estos cuarenta años, se van a desmoronar... Ya basta, estoy obsesionado en hacer un templo de mí mismo, un ídolo, como si esto me fuera a salvar en el último momento, de niño pensaba que morir dolía, o era una sensación de asfixia, lo voy a saber y luego no tendré un ser para recordarlo.
He llorado tanto, noches enteras, en esta cama sola en la que Ana no está, porque se siente intrusa, y es una intrusa. Lloré, hasta detenerme definitivamente, porque me di cuenta que lloraba por mí, qué absurdo, siento pena por mi cuerpo, que lavé y alimenté con tanto cariño, este cuerpo que me condujo a Europa, a tantos lugares, tan generoso con las sensaciones y los placeres, ya no lo voy a tener, y siento que lo voy a extrañar y a mí mismo, cómo me voy a hacer falta, yo tan querido, tan amigo, tan confidente, yo no estaré para consolarme y meterme en esta cama que es mi todo ahora.
Bip, bip, bip, bip..., biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip, así se ve y se oye en las máquinas cuando alguien deja de existir..., no más, no más, voy a dejar de escribir, lo que viene a continuación es tan íntimo, tan mío que es una vulgaridad que solo se vea la larga línea de tinta en la hoja, y en mi mano la pluma fuente, no más, hasta luego, señores y señoras, el telón se cierra y en este escenario solo yo voy a estar, nadie más,
me encantó estar aquí,
me sacan a la fuerza,
hasta luego ocupantes de esta rara sala de espera, hasta luego, porque dejo de escribir y los dejo solos con la incertidumbre y mi única victoria.
(Libro de cuentos, Cuentos Rosa Perversos)
viernes, 30 de enero de 2009
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