sábado, 31 de enero de 2009

Diciembre de 1973

Era diciembre, recién había cumplido los 13 años, qué época más horrible, cuando alguien dice que su adolescencia fue el tiempo más lindo de su vida, lo miro como si fuera un extraterrestre,

¿lo drogaron, le lavaron el cerebro en Guantánamo?

Estaba muy cerca la Navidad y estaba muy disgustado, habían empezado a salir unos desconcertantes pelos en mi bolas, me empujaron a ser un teen sin preguntarme, era demasiado flaco, alto, un poco jorobado, jupón, no tenía pelos en el pecho ¡pero sí en las bolas!, miré hacia el cielo y no hallé respuesta.

Vivía enfuruñado, tratando de minetizarme en los rincones, una tía me puso la etiqueta que estaba en la edad del pedo y que no había nada que hacer, hasta que el cuerpo pueda sacar esa toxina, será un disidente político dentro de su familia, un rebelde sin causa, tres puntos suspensivos, pobre de mí...

Mi mejor amigo, compañero en la escuela y de mi misma edad, vivía a dos casas y siempre me llevaba un paso adelante en todo. Aún recuerdo el vuelco en el hígado cuando me enseñó una coqueta cucharita de plástico blanco, con el logo de Mc Donald's arriba (luego fueron descontinuados porque se usaban para jalar coca), y me rajó que había ido a San José a comer al flamante y recién estrenado restaurante al frente del Banco Central, centro neurálgico de Costa Rica en aquel tiempo, antes de que Escazú y Santa Ana, los muy advenedizos cambiaran las historia. En ese tiempo vivía en Turrialba, un extraño pueblo metido en un valle, con un volcán y a mil millones de kilómetros de cualquier lugar civilizado, bueno al menos era lo que sentía en ese tiempo, el mundo en su indiferencia no me incluía en la historia.

Era demasiado cool mi amigo, hasta sus padres les habían dado un cuarto de la enorme casa en que vivían para él y sus hermanos, lo tenía empapelado con posters que venían en la revista Pelo, mi madre jamás me habría dejado comprar una de esas revistas argentinas, costaba la astronómica suma de 7.50 colones y además venía plagado según ella de melenudos hippies que no se bañaban y fumaban marihuana. Aún me acuerdo la sensación de sentirme tan moderno, tan de mi tiempo cuando raramente me invitaban a entrar a ese cuarto, Jimy Hendrix con colores fosforecentes, Janis Joplin, Jim Morrison, yehhh el rey lagarto, pura carnita mae.

La primera estocada de ese diciembre de 1973, fue que mi amigo me dijo por teléfono que tenían tele a color, ¡a colooor!, se me aflojaron las piernas, me dijo que Archibaldo el de Plaza Sésamo era púrpura y Lucas el come galletas, verde; tuve que juntar toda mi entereza en un solo lugar y contestarle con un frío: ah sí. Miré con odio el enorme tele en blanco y negro de la sala, Pennie Robinson en mini y botitas a go go era perseguida por un moustruo gris, todo era gris, gris, gris.

Pero faltaba lo peor, la sal en la herida, toda la familia de mi amigo fueron a Panamá, y al día siguiente de venir, estaba lo consabida llamada para invitarme a ver todas las cosas que trajeron. La curiosidad mató al gato, pobre ovejita que iba al matadero sin ninguna esperanza, fui, subí las gradas y entré al cuarto de la modernidad extrema y ahí estaba con su hermano mayor que lucía una camisa de mitrocondias hindús, era demasiado, mi amigo me enseñó su nuevo reloj de pulsera tan grande como una lata de betún Nugget, con los números inmensos, una fiesta de turquesa y amarillos, pero no me dio tiempo de morir, no, faltaba más, habían traído un tocadiscos que además tenía incluido una tocacasetera, era el colmo de la tecnología, nunca se podría superar algo así, en ese aparato daba vueltas en 33 revoluciones un disco de Santana, para mí era un chirrido de gatas en celo, pero era el más nuevo, recién había salido al mercado, era el Nirvana y yo no podía acceder a ese paraíso. Ahí me di cuenta que él y su hermano estaban fumando, y me miraron con sorna y me pasaron uno encendido para mí, yo lo tomé temblando y me lo puse en la boca, y se cagaron de risa, jálelo mae, golpéelo mae, así no, ja, ja, ja.

Y fue entonces que me pasaron unas revistas que definitivamente no eran Pelo. Tome, para que se haga hombre, me dijo el hermano mayor, al abrirla habían muchas parejas de hombres y mujeres desnudos, él les metía una enorme cosa a la mujer y ella respondía con los ojos en blanco y con la boca abierta, y, y, tenían pelos en sus partes, muchísimos (eran los años setenta, el pelerío era nice, no cómo ahora), así me iba a quedar mi cosita toda peluda. Cigarrillos y sexo, todo en una misma tarde.

Entré a mi casa mareado de tanta cosa nueva y por el humo de mi primer cigarrillo, y ahí estaba Medea disfrazada de mi madre, venga acá, me dijo, me olió el pelo, ¡usted estaba fumando! y empezó una sermoneada, te vas a morir de cáncer, jamás esperé esto de vos, sos la deshonra de la familia, mis hermanos menores lloraban, mis abuelos me miraban con tanta tristeza y así pasé dos días encerrado en mi cuarto metabolizando que era un delincuente fumador.

Diciembre de 1973, mi blanca inocencia con un hueco de cigarrillo, ya no podía ser el mismo, el niño que pasaba en su cuarto leyendo a los rusos, a Balzac, a Dante y compañía, había desaparecido, no había marcha atrás, una catapulta energúmena me mandaba a la adolescencia y solo me dejé ir, hasta llegar a aquí.

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